Un Castillo en Lobos

🕔 10 de Mayo de 2019

Por Andrea Glikman

La historia de La Candelaria y la construcción de su imponente castillo le imprimen un aura especial que vale la pena repasar. La estancia está conformada por un predio de 100 hectáreas de bosques y parques diseñados por el famoso paisajista Carlos Thays. Allí hay todo tipo de especies vegetales, como araucarias, palmeras, cipreses, además de estatuas, glorietas y pequeños puentes.

La Candelaria fue inicialmente habitada por Don Orestes Piñeiro y Candelaria del Mármol, quienes adquirieron las tierras en 1840. Cuenta la leyenda que a los campos, como a los barcos, no se les debe cambiar el nombre. Pero Don Orestes, hizo oídos sordos a eso y optó por renombrarla La Candelaria, en honor a su amada esposa. Sin embargo, los años pasaban y entendieron que su imposibilidad de tener hijos era fruto de una maldición ocasionada por el cambio de identidad de aquellas tierras.

Tiempo más tarde, la pareja decidió adoptar a Rebecca, quien sería parte fundamental de este emprendimiento. Fue esta mujer, artífice y cuasi arquitecta de este imponente castillo. Luego de un viaje de un mes por Europa con Don Manuel Fraga, con quien viajó de luna de miel, regresó llena de inspiración y decidida a que ese palacio tenía que llevarse a cabo. Fue el arquitecto francés Alberto Favre, quien le cumplió el deseo. El castillo tenía por sobre todo un objetivo: cumplir una función social, ya que su imponente estructura daba la idea de poder económico, algo ideal para hacer negocios y nuevos amigos.

No es una edificación llena de lujos, sino más bien ecléctica y recargada, con muebles de época y diversos estilos, como el barroco francés y el neogótico. Las habitaciones son simples. Mantienen desde la energía de entonces, hasta sus muebles y estilo. Sólo cambiaron la cama por una cuestión de comodidad.

El castillo es impresionante por dónde se lo mire. Ubicado en plena llanura de la provincia de Buenos Aires es una obra de arte que resalta. Actualmente, cuenta con 8 habitaciones, dos en la planta baja que pertenecían a los padres de Rebeca y el resto en el piso de arriba. Además, hay otras opciones para hospedarse dentro del predio pero fuera del castillo, dado que allí no se permiten menores de 10 años. En ese caso, hay bungalows y hasta un molino reconvertido en habitación.

Algunos recovecos para evitar que se vean los empleados de la casa y muchos más secretos, desde historias espirituales hasta la vida de esa familia, son relatados en la visita guiada de los sábados, que se lleva a cabo a las 12.30 del mediodía y donde se entiende mejor su razón de ser y función.

Fue Rebeca quien también mandó a construir una capilla a pocos metros del castillo, donde hoy descansan sus restos, los de sus padres y su marido. Este santuario se puede visitar abiertamente, aunque algunos valientes eligen hacerlo de noche para imprimirle cierto misterio.

CÓMO LLEGAR

Desde la Ciudad de Buenos Aires hay dos maneras de llegar: por la Autopista Ezeiza – Cañuelas y Ruta Nacional 205 (lleva un poco más de una hora y media de viaje); o por Autopista Acceso Oeste en combinación con la Ruta Nacional 7 y la Ruta Provincial 47 (este tramo suele requerir más de dos horas de viaje).

Por Andrea Glikman

La historia de La Candelaria y la construcción de su imponente castillo le imprimen un aura especial que vale la pena repasar. La estancia está conformada por un predio de 100 hectáreas de bosques y parques diseñados por el famoso paisajista Carlos Thays. Allí hay todo tipo de especies vegetales, como araucarias, palmeras, cipreses, además de estatuas, glorietas y pequeños puentes.

La Candelaria fue inicialmente habitada por Don Orestes Piñeiro y Candelaria del Mármol, quienes adquirieron las tierras en 1840. Cuenta la leyenda que a los campos, como a los barcos, no se les debe cambiar el nombre. Pero Don Orestes, hizo oídos sordos a eso y optó por renombrarla La Candelaria, en honor a su amada esposa. Sin embargo, los años pasaban y entendieron que su imposibilidad de tener hijos era fruto de una maldición ocasionada por el cambio de identidad de aquellas tierras.

Tiempo más tarde, la pareja decidió adoptar a Rebecca, quien sería parte fundamental de este emprendimiento. Fue esta mujer, artífice y cuasi arquitecta de este imponente castillo. Luego de un viaje de un mes por Europa con Don Manuel Fraga, con quien viajó de luna de miel, regresó llena de inspiración y decidida a que ese palacio tenía que llevarse a cabo. Fue el arquitecto francés Alberto Favre, quien le cumplió el deseo. El castillo tenía por sobre todo un objetivo: cumplir una función social, ya que su imponente estructura daba la idea de poder económico, algo ideal para hacer negocios y nuevos amigos.

No es una edificación llena de lujos, sino más bien ecléctica y recargada, con muebles de época y diversos estilos, como el barroco francés y el neogótico. Las habitaciones son simples. Mantienen desde la energía de entonces, hasta sus muebles y estilo. Sólo cambiaron la cama por una cuestión de comodidad.

El castillo es impresionante por dónde se lo mire. Ubicado en plena llanura de la provincia de Buenos Aires es una obra de arte que resalta. Actualmente, cuenta con 8 habitaciones, dos en la planta baja que pertenecían a los padres de Rebeca y el resto en el piso de arriba. Además, hay otras opciones para hospedarse dentro del predio pero fuera del castillo, dado que allí no se permiten menores de 10 años. En ese caso, hay bungalows y hasta un molino reconvertido en habitación.

Algunos recovecos para evitar que se vean los empleados de la casa y muchos más secretos, desde historias espirituales hasta la vida de esa familia, son relatados en la visita guiada de los sábados, que se lleva a cabo a las 12.30 del mediodía y donde se entiende mejor su razón de ser y función.

Fue Rebeca quien también mandó a construir una capilla a pocos metros del castillo, donde hoy descansan sus restos, los de sus padres y su marido. Este santuario se puede visitar abiertamente, aunque algunos valientes eligen hacerlo de noche para imprimirle cierto misterio.

CÓMO LLEGAR

Desde la Ciudad de Buenos Aires hay dos maneras de llegar: por la Autopista Ezeiza – Cañuelas y Ruta Nacional 205 (lleva un poco más de una hora y media de viaje); o por Autopista Acceso Oeste en combinación con la Ruta Nacional 7 y la Ruta Provincial 47 (este tramo suele requerir más de dos horas de viaje).

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Nota publicada: 10 de Mayo de 2019
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